6. ECOCIDIO

Nuestro sistema económico mundial es un subsistema de un sistema mayor: el sistema más grande es la biosfera y el subsistema es la economía. El problema, por supuesto, es que nuestro subsistema, la economía, está orientado para el crecimiento mientras que el sistema superior sigue siendo del mismo tamaño. Así que mientras la economía crece, se usurpa de la biosfera, y esta es la oportunidad fundamental de coste del crecimiento económico.
– Herman E. Daly, ex Economista Senior del Banco Mundial

Muchos de nosotros hemos conducido por el campo y hemos visto la belleza de las colinas y los valles ondulantes, praderas abiertas y desiertos escarpados, así como hemos admirado la deslumbrante variedad y complejidades de la flora, fauna y el terreno. Pero a menos que estemos conduciendo a través de un parque público o una reserva natural, la mayor parte de la tierra que vemos es probable que esté rodeada de púas de alambre y señales de “prohibido el paso”. Hemos llegado a entender que toda tierra no designada expresamente para uso público es de propiedad privada por personas individuales o grupos, independientemente de si la utilizan o no. Millones y millones acres de propiedad privada contribuyen a crear una escasez artificial en un mundo de abundancia. Ocupamos colectivamente mucha más tierra de la que realmente necesitamos, en previsión de la las ganancias futuras que podríamos ser capaces de extraer como consecuencia de la escasez que nosotros mismos hemos creado.

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La próxima vez que pase por una propiedad que es sólo mínimamente usada pero es no obstante propiedad privada, considere cuán inofensiva parece. Usted podría incluso pensar que la propiedad privada puede haber conservado un pequeño pedazo de la naturaleza del contacto con el humano; de otro modo, tal vez los seres humanos la habrían habitado frívolamente, del mismo modo que nos parece que habitamos cualquiera y todas las otras tierras que encontramos disponibles gratuitamente.

Sin embargo, esta perspectiva sólo se plantea debido a la escasez que hemos creado colectivamente; tal situación no se produciría si sólo utilizasemos tanta tierra como en realidad es necesario. Si nuestro uso exclusivo de la tierra viniese aparejado de la responsabilidad para con nuestra comunidad local, la naturaleza ya no sería explotada: La mayoría de las personas tenderían a utilizar solo la tierra que fuese absolutamente necesaria. Los acres serían utilizados mucho más eficientemente, y el coste de la tierra al mismo tiempo llegaría a ser mucho más asequible para aquellos que haciesen un uso eficiente de la misma. Considere este pensamiento la siguiente vez que vea la tierra marcada con “Prohibido el paso”.

La destrucción de la naturaleza es el resultado directo de un sistema económico gravemente disfuncional, un sistema que hemos creado nosotros mismos a través de los milenios. Sin duda alguna, nosotros como especie estamos cometiendo ecocidio de manera continuada: la destrucción de nuestro propio hábitat. La Naturaleza puede ser- y, por supuesto, ya ha sido- alterada hasta tal punto que diversas formas de vida ya no puedan mantenerse a sí mismas en ciertas áreas. Ya estamos pagando un alto precio por la destrucción de la naturaleza, medido no sólo en dólares sino en el sufrimiento de miles de millones de seres humanos y otras formas de vida de todo tipo

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sobre el mundo. Esta destrucción tiene consecuencias cada vez más irreparables; Mientras tanto, la raíz del problema no es bien entendida y se deja sin tratar. (27)

Hasta ahora, hemos aprendido que nuestro acaparamiento de tierras crea una sensación localizada de escasez. Debido a esta escasez artificialmente creada, los seres humanos en toda la Tierra buscan complementar sus escasos ingresos a través de la adicional explotación de la naturaleza- usualmente no produciendo, sino con fines especulativos. No hace falta demasiada imaginación para darse cuenta de que mientras a la gente y a las instituciones les esté permitido sacar provecho de la tierra a expensas de otras personas, estamos permitiendo a un sistema que incentiva la destrucción de nuestro propio hábitat. Esto ocurre de tres formas principales.

En primer lugar, dado que a los seres humanos se les permite beneficiarse no sólo de sus bienes y servicios, sino también de la naturaleza, fomentamos el saqueo de la naturaleza para complementar los ingresos. Nuestros ingresos, sin embargo, ya son relativamente escasos debido al reparto desigual de la riqueza natural y social. Al permitir las personas aprovecharse de la tierra, les damos un incentivo para hacer daño a sus propias comunidades a través de la temeraria destrucción de la delicada ecología de nuestro planeta.

En segundo lugar, porque nuestra capacidad para sacar provecho de la tierra a el expensas de nuestras comunidades está firmemente arraigada en nuestro sistema económico, y porque como resultado, la tierra existente tiene un precio muy por encima de su valor real mientras que los rendimientos de los salarios y el capital tributan, el coste de vida es significativamente superior para todos los miembros de la sociedad de lo que realmente debería ser. Este alto coste de la vida requiere que los seres humanos amplíen

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sus actividades económicas más allá de los niveles realmente necesarios para apoyar continuamente su existencia. Y puesto que la mayoría de nuestra actividad económica depende en gran medida del uso de materias primas y genera enormes cantidades de residuos no biodegradables, cualquier  actividad económica adicional viene por defecto viene con un derrochador precio ecológico.

Y en tercer lugar, nuestro modelo actual de propiedad de la tierra alienta una expansión de la civilización humana ya que las poblaciones buscan la tierra que todavía está disponible a un coste menor. Por ejemplo, la tierra que se mantiene de forma especulativa y no se usa productivamente dentro de una ciudad o pueblo es una de las principales razones por la que las personas viven en comunidades suburbanas lejos de sus lugares de trabajo, resultando en el tipo de expansión urbana y suburbana distópica que a menudo vemos en toda América del Norte. Este mismísimo mecanismo también es responsable de la destrucción de las selvas tropicales. En las zonas donde la destrucción de la selva tropical alcanza tasas epidémicas, la desigualdad de riqueza y la propiedad de la tierra son particularmente desproporcionadas; millones de acres tierras de cultivo de primera son propiedad de sólo unos pocos y se utilizan sobre todo para el pastoreo en vez de para las explotaciones ganaderas. Este status quo obliga naturalmente a muchos a talar y quemar grandes áreas de selva tropical en su búsqueda de obtener tierra sólo para poder hacer una vida simple para sí mismos. (28)

En 2007, un equipo de investigadores de la Universidad McGill de Montréal, Québec, Canadá, publicó un estudio que correlaciona mayores niveles de desigualdad de la riqueza con una mayor pérdida de biodiversidad. Los resultados fueron tan sorprendentes que

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el estudio se repitió en 2009, pero con modelos más complejos, llegando a resultados similares. Los investigadores descubrieron que la huella económica de una nación proporciona correlación lo suficientemente estrecha para ser estadísticamente significativa, sobre todo si se toma en conjunto con el nivel de desigualdad de ingresos. La huella económica de una nación es el tamaño de su economía en relación con su tamaño geográfico, es decir, en relación con el tamaño masa de su tierra. El hecho de que la huella económica de una nación ofrece una correlación significativa con la pérdida de biodiversidad no es de extrañar; si la economía de una nación es grande en comparación con su cantidad de tierra, la tierra será cada vez más acaparada, y este acaparamiento invariablemente tendrá un impacto significativo sobre la ecología. Esta dinámica es especialmente interesante si tenemos en cuenta que el factor de la desigualdad en los ingresos nos proporciona una correlación adicional, y la desigualdad de los ingresos, como sabemos, se remonta al acaparamiento de tierras.

En su estudio de la biodiversidad, los investigadores mencionaban otro estudio que pone de relieve como el reparto desigual de la naturaleza sería una causa potencial de ambas la desigualdad de la riqueza y la pérdida de la biodiversidad: “Un estudio de la silvicultura comunitaria en México mostró que el manejo forestal del pueblo se correlacionó con los niveles de desigualdad. En un pueblo con una estructura y carácter económico muy desigual, los bosques eran mal gestionados porque pequeños grupos de personas poderosas manipulaban la industria maderera para su propio beneficio, lo que resultaba en la sobreexplotación. En los pueblos más equitativos, sin embargo, las instituciones de la comunidad fueron más eficaces, lo que resultaba en una mejor gestión de los bosques y probablemente menor pérdida de la biodiversidad.

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¿Podría ser que cada vez que se acapara la naturaleza veamos una mayor desigualdad de la riqueza y la pérdida de biodiversidad? El sentido común  por sí apunta a una correlación entre nuestra aprovechamiento de la naturaleza y la pérdida de biodiversidad.

De hecho estamos viviendo dentro de un sistema que nos anima como especie a comportarnos como un tumor que ataca sin descanso a su huésped en un inútil esfuerzo por prolongar su propia existencia; nos estamos devorando a nosotros mismos y a la naturaleza en el proceso. ¿Despertará nuestra conciencia colectiva a la realidad de tal sistema –un sistema que nos anima a consumir inútilmente y destruir la naturaleza sin una buena razón en última instancia? Como el autora Barbara Kingsolver ha remarcado, El sentimiento de que la moralidad no tiene nada que ver con la forma en que utilizamos los recursos del mundo es una idea que no puede persistir mucho más tiempo. Si lo hace, entonces nosotros no lo haremos.

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