7. LA TIERRA, NUESTRO HOGAR

Abusamos de la tierra porque la consideramos como un bien que nos pertenece a nosotros. Cuando vemos la tierra como una comunidad a la que pertenecemos, podemos empezar a usarla con amor y respeto.
– Aldo Leopold (1887- 1948)


La Tierra sostiene a toda la vida. Ya sea que creamos que se originó la vida través de la evolución, el diseño inteligente o la
creación divina, no cambia la realidad de que la Tierra sigue sosteniéndonos en la actualidad. Es un hecho sobre el que cualquier persona, independientemente de la nacionalidad, cosmovisión o religión, puede estar de acuerdo. Pero la humanidad es una especie con una fractura en el corazón; nos hemos separado a nosotros mismos de la naturaleza, y entonces continuando, nos subdividimos por géneros, nacionalidades, razas, religiones, etnias, orientación sexual, condición social, clase económica, y así sucesivamente. Al hacerlo, también nosotros a menudo olvidamos que todos los seres humanos somos una parte integral de esta hermosa canica azul flotando a través del tiempo y el espacio. Creemos que la Tierra nos pertenece, pero parecemos olvidar que, en verdad, nosotros pertenecemos a la Tierra. En su raíz, nuestra crisis económica es una crisis de conciencia, porque nos vemos a nosotros mismos como separados de nuestro entorno, cuando, en realidad, estamos inextricablemente conectados a todo lo que es. (29) Como resultado, nos hemos engañado a nosotros mismos pensando que la tierra debe ser propiedad y a continuación, debe beneficiar a algunos a expensas de otros.

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Los capítulos anteriores nos han dado destellos de lo que sucede- y cómo-, cuando no somos capaces de compartir el excedente de la naturaleza y de la sociedad los unos con los otros. Y ya que como seres humanos no estamos de acuerdo en casi nada bajo las estrellas, el reconocimiento de que La Tierra -y toda la tierra en ella- es nuestra casa común debiera ser la fundación sobre la cual todas nuestras perspectivas y filosofías viniesen a descansar. Tenemos que hacer que este reconocimiento sea la partida y el punto final de cualquier discusión de un modelo económico que sea al tiempo eficiente y justo. Cualquier otra cosa que no sea la aceptación incondicional y una implementación de esta verdad no son sino concesiones y un embrollo de un principio claro y universal: Ningún ser humano tiene derecho intrínseco a beneficiarse de lo que, en última instancia, no puede pertenecer a nadie en absoluto.

La tierra ha sido privatizada casi en todas partes; esta privatización es endémica en todo el sistema. No consideramos el impacto que nuestras acciones individuales tienen sobre la totalidad de la vida al tratar de apoderarnos de una parte de tierra tan grande como podamos. Tal vez una parte de nosotros sabe, en el fondo, que nuestro destructivo sistema económico no proporciona en abundancia para aquellos de nosotros que no sacamos provecho de la tierra en una forma u otra, o tal vez nuestros deseos sólo parecen seguir creciendo al mismo ritmo que nuestra apropiación de la riqueza material. De cualquier manera, en la raíz de nuestra motivación para tomar y poseer yace un miedo que nos corroe -el miedo a perder y a no tener suficiente.

Las escrituras de todas las religiones principales desaconsejan el acaparamiento de tierra por estas mismas razones. La tradición judeocristiana,

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por ejemplo, es inequívocamente clara en cuanto a que la naturaleza es un regalo (Génesis 9: 1- 3, entre otros pasajes). Incluso prohíbe la propiedad de la tierra permanente y proporciona orientación sobre el alquiler (Levítico 25), al tiempo que afirmaba expresamente que “el beneficio de la tierra es para todos” (Eclesiastés 5: 9) (30) Los antiguos sabios hindúes  declararon que “la tierra es la común propiedad de todos “y que la gente debe” a través de sus propios esfuerzos, disfrutar de los frutos de ella.” (31) En el Islam, el profeta Muhammad lo expresó muy sucintamente cuando dijo que “las personas son socias en tres cosas: agua, pastos, y fuego” (Sultaniyya Hadith 26), que podría ser interpretado como “el agua, la tierra y la energía.” Y mientras que el Buda no abordó explícitamente la cuestión de la tierra, enseñó que la práctica de los medios de vida adecuados era esencial en el camino de la iluminación. Dado que es casi universalmente entendido que en el budismo robar es contrario al espíritu de los medios de vida adecuados, tenemos que asumir que el aprovecharse de la tierra por tanto, también está en contra de la senda espiritual budista. Existe un principio similar para los practicantes de las tradiciones del yoga: El tercer yama de los Yoga Sutras de Patanjali es asteya, o no robar. Y la mayoría de las culturas indígenas de la Tierra tratan a la naturaleza como regalo, no como propiedad; aunque muchas Tribus Nativas americanas y las Primeras Naciones tuvieron esporádicamente luchas entre sí sobre cierto territorio, las batallas eran por el derecho de uso de la tierra, no por su propiedad, que es un concepto extraño para la mayoría de culturas indígenas. (32)

Es hora de reconocer que todos los seres tienen una  derecho sostenido de acceso a la abundancia de la naturaleza. Es un derecho de nacimiento

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fundamental. En efecto, el derecho de acceso a la generosidad de la Tierra en igualdad y sostenibilidad parece una de las más trascendentes verdades que un ser humano puede jamás contemplar. Pero este derecho fundamental no se encuentra en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, a pesar de que el primer artículo de la declaración dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.” El hecho de que este sólo principio se viola de manera continua es muy posiblemente la causa raíz de muchas, si no la mayoría, de otras violaciones de los derechos humanos. (33)

A pesar de que los niños de cinco años edad pueden reconocer la importancia de compartir la abundancia de la naturaleza, muchos economistas hoy en día continúan negando que la naturaleza tiene que ser compartida. Algunos economistas intentan equivocadamente aplicar supuestamente  los principios del libre mercado a la privatización de la naturaleza. Por ejemplo, el economista libertario Murray Rothbard hizo varios errores básicos de pensamiento cuando escribió:

Bueno, ¿qué hay de la tierra sin uso? ¿Debería alarmarnos su visión? Por el contrario, debemos agradecer a nuestro estrellas por uno de los grandes hechos de la naturaleza: que el trabajo es escaso en relación a la tierra. Es un hecho que hay más tierra disponible en el mundo, incluso tierra muy útil, de la que hay trabajo para mantenerla empleada. Este es un motivo de alegría, no para lamentarse.

Un simple análisis del párrafo anterior revela que incluso un distinguido economista como Rothbard puede cometer errores de pensamiento de proporciones fundamentales. En

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este caso, él no distingue la tierra en lugares no deseados de la tierra en los lugares deseados. Si la tierra de hecho está disponible gratuitamente como él dice que lo está, ¿por qué, pues, tiene un coste que varía de un lugar a otro? El trabajo no es escaso en relación a la tierra en ubicaciones deseables -lejos de ello: La tierra es excepcionalmente escasa en lugares deseables, razón por la cual la tierra en una ciudad cuesta mucho más que la tierra en el campo. En la mayoría de los lugares la tierra no es de libre disposición; ya que podría ser tenida de forma gratuita. En cambio, es poseída -independientemente de si se utiliza o no- y así genera escasez. (34)

A veces, el sentido común puede faltar cuando miramos un tema y dejamos de reconocer los problemas que son evidentes. Si la educación avanzada adolece de sentido común, no nos hace inmunes a los errores de pensamiento a un nivel fundamental; algunos economistas formados no parecen pensar que los dones de la naturaleza deban ser equitativamente compartidos para beneficio de todos. Presiones de la carrera también podrían desempeñar un papel: Upton Sinclair, uno de los escritores más famosos y prolíficos de Estados Unidos, dijo: “Es difícil convencer a un hombre de algo cuando su salario depende de que no lo entienda.” Sin embargo, teniendo en cuenta la influencia que muchos economistas tienen en el discurso público de hoy en día, no pueden permitirse el lujo de mantener las viejas políticas económicas fracasadas durante mucho más tiempo. Como administradores del conocimiento que tiene el poder de liberar a la humanidad de las cadenas de la pobreza y de la destrucción de sí misma, su deber es elevarse por encima de los partidismos y dedicarse al bienestar del público en general y, por tanto, a la preservación de nuestro legado natural, cultural y económico compartido.

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